De repente, Oliver Messel

Este miércoles, TCM Clásico emite de nuevo De repente, el último verano. Yo revisé esta película hace muy poco y me quedé (una vez más) turulato. Pero esta vez no se debió a la interpretación (magistral) de la Hepburn, o al alarido desgarrado (en sentido literal) de Liz Taylor en las puertas del templo (donde un grupo de galopines hambrientos devoran a su primo ante sus ojos), sino por los decorados, el vestuario, la ambientación… lo que los franceses llaman el allure.
Retrocedo y vuelvo a leer atentamente los títulos de crédito y compruebo, con un pellizco de envidia, que el diseño de producción corrió a cargo de Oliver Messel. ¡Así cualquiera! Oliver Messel fue uno de los directores de escena más extraordinarios del siglo pasado, archienemigo de Cecil Beaton y uno de los hombres con mayor talento visual que haya existido jamás en un país tan pródigo en estetas como Inglaterra.
Sólo él podía traducir en imágenes una descripción tan fantástica, pero poco realista, como esta:
El decorado es irreal, como si se tratase de un ballet dramatizado. (…) La habitación se funde con un jardín fantástico, que tiene más de selva tropical o bosque que otra cosa, correspondiente a la edad prehistórica de los helechos gigantes, en que a seres vivientes les crecían extremidades por transformación de aletas y las escamas se les convertían en piel. Los colores de esta selva-jardín son violentos (…). Hay macizas flores de árbol que sugieren órganos de un cuerpo humano, arrancados, todavía con el brillo de la sangre aún no seca.
Oliver Messel venía de una familia muy bien conectada: su sobrino, Anthony Armstrong-Jones (Lord Snowdown), se casó con la Princesa Margarita, quien le eligió para decorar su casa en Mustique. A finales de los 50, Messel se trasladó al Caribe, a las Barbados, y allí se dedicó a crear una serie de mansiones maravillosas que no tenían nada que envidiar al lujo imperial de la famosa suite rococó del Hotel Dorchester, en Londres, el retiro favorito de Liz Taylor durante años (que luego, años después, restauró el propio Lord Snowdown para devolverle su pompa –y circunstancia– original).

[Estudio de Sebastian, según un boceto de Oliver Messel que se conserva en el Victoria and Albert Museum de Londres.]
Los decorados de De repente, el último verano son prodigiosos: el jardín de Sebastian (“como un nuevo amanecer de la creaciónâ€), donde se mezclan plantas auténticas con otras falsas, hechas con papel de periódico y luego enceradas y pintadas; su estudio (la garçonnière), donde Messel colgó algunas de las máscaras que había hecho en los años 20 para las revistas de Nöel Coward; el vestíbulo de la casa principal, con el ascensor barroco desde el que la Señora Venable declama ese monólogo maravilloso sobre la corte bizantina…
Todo es de una suntosidad tan obscena como la obra original, incluido, por supuesto, el vestuario que luce Katharine Hepburn, exquisito (ese modelo blanco, con el que aparece: “Visto de blanco porque era el color favorito de mi hijo. ¿Esperaba usted una viuda vieja y decrépita, doctor Azúcar? Es un color de luto… Es gracioso: pierdes a un marido y eres viuda, pierdes a tus padres y eres huérfana, pierdes a tu único hijo y eres… nadaâ€).

[El jardín de Sebastian.]
Sólo por los decorados, por el vestuario, por el diseño de producción ya merece la pena. Pero eso no es todo: De repente es una rara pieza de marfil pulido que me recuerda a los camafeos victorianos. Son fáciles de despreciar, incluso de tachar de baratijas, pero para unos pocos son rarezas insólitas, locuras exquisitas que desafían las leyes del buen gusto, ese tirano.
Moraleja: Disfrutadla, porque merece la pena. Y si podéis, tomad nota de los monólogos de la Señora Venable, una maravilla.
Escrito por Lunes 16 noviembre 2009
Así se hará. Lo “malo” de TCM es que hay que verlo todo todo todo… Menos mal que hay redifusión!
No conocía a Oliver Messel. Gracias por el descubrimiento!
es interesante, las tomas son buenas.
donde se mezclan plantas auténticas con otras falsas, hechas con papel de periódico y luego enceradas y pintadas; su estudio (la garçonnière), donde Messel colgó algunas de las máscaras que había hecho en los años 20 para las revistas de Nöel Coward; el vestíbulo de la casa principal, con el ascensor barroco