Casablanca, la verdadera historia

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Hola, me llamo Rick y regento un bar de ambiente aquí, en Madrid, en una plaza horrorosa llena de maricas quinceañeras que hacen botellón y, sin mediar palabra, se meten en los baños del aparcamiento para intercambiar flujos, virus y cáscaras de pipas. Un horror.

Yo antes tenía un bar no exactamente de ambiente, pero sí gayfriendly en Casablanca, pero cuando aquello dejó de ser un paraíso internacional tuve que poner pies en polvo-rosa, porque al Gobierno marroquí no le hacen mucha gracia los maricones. No se lo reprocho. Lo que pasa es que yo, como hostelero, sé que los maricas —que los respeto, sobre todo como clientes— son casi todos unos borrachos de tomo y lomo y les puedes poner amoníaco en el vaso, que se lo beben. Vamos, que son los parroquianos ideales. Y encima salen todos los días. Así que me dije: “Tate, Rick, aquí hay negocio”. Y lo hay, vaya si lo hay.

Bueno, pues el caso es que estaba yo tan ricamente en Casablanca, con mi bar, poniendo garrafón de contrabando a la hez de la sociedad internacional, cuando un día me encuentro con que Conguito, que es como yo llamo cariñosamente a un negro que tocaba el piano en el bar y que luego lo limpiaba y hacía unas croquetas cajún riquísimas, está tocando otra vez la canción esa de Madonna: “Times go by (con Loly)”.

No la soporto. Yo es oírla y me pongo de los nervios, porque me acuerdo de una vaca-burra que me ligué en París que no me dejaba ni a sol ni a sombra, la tía, qué pesada: “Tócala otra vez, tócala otra vez, tócala otra vez…”. Se refería a una teta, la derecha, porque la otra se la habían quitado en las islas Minquiers. Una mastectomía horrorosa. Menos mal que cuando llegaron los nazis le perdí la vista.

Bueno, pues salgo de mi oficina hecho un basilisco, dispuesto a echar a Conguito (no era la primera vez, porque con Conguito hay confianza y le puedes despedir y readmitir las veces que te dé la gana, que es algo que a mí, como empresario, me relaja muchísimo), cuando me encuentro con que la tía está ahí mismo, acodada en el piano, whiskazo en mano. La muy hija de puta me había seguido el rastro y me había encontrado. Algunas tías es que andan listas de autoestima…

—¿De todos los puticlubs que hay en Casablanca tienes que venir al mío? ¡Qué poquita vergüenza! Estás más gorda, ¿no? Tía, ¡qué papada! Y tú, Conguito, déjalo ya, ¿eh? A ver si te voy a tener que enviar de vuelta a Alabama, donde violaste a aquella niña de doce años.

—¡Ella me dijo que tenía 18! A ver, si es que las visten como putas…

Bueno, el caso es que tuvimos una agarrada allí mismo. Encontré a Ilsa (la muy falsa: en realidad se llama Elsa, porque su madre es superfan de Elsa Baeza y La Misa Campesina Nicaragüense) gorda como un truño, acabada. Con dos tetas, eso sí (ella sabrá lo que ha hecho). Y casada, encima. Bien sabe Dios que eso para mí no ha sido nunca un impedimento, pero cuando vi a su marido… ¡Acabáramos! ¡Pero si iba más maquillado que ella! En cuanto le eché la vista encima me di cuenta de que todo eso del matrimonio era una filfa. El Victor ese es de la cáscara amarga, lo que yo os diga. Os recuerdo que regento un bar de ambiente.

Bueno, el caso es que Ilsa se puso muy pesada con no sé qué del correo y que si devuélveme el rosario de mi madre y todo ese rollo de las tías despechadas. Las tías, cuando las dejas, se ponen superchungas…

Bueno, pues el caso es que, al final, tuve prácticamente que subir yo al avión a la pesada de Ilsa y al mariquita de su marido (“¡El fond de teint! ¡Que me he dejado el fond de teint! Ilsa, mira qué cara. Yo no puedo aparecer en Estados Unidos así… ¡Mira qué poros! ¡Mira qué rojeces! ¡Mira qué ojeras!”). Menos mal que estaba allí mi colega, el capitán Louis, que me echó un capote y los empaquetó rumbo a Lisboa.

—¿En serio te enrollaste con esa jaquetona? Qué mal gusto, por Dios. ¿Tú has visto esas caderas? ¿Y esos tobillos? Es que no os entiendo. Los heteros… ¿De verdad no te apetece algo rapidito ahí mismo, en la garita? Total, una cosita de nada…

—Ay, Louis, quita, no seas pulpo. Siempre pensando en lo único…

La verdad es que en aquellos tiempos Casablanca sí que era divertida. Luego la cosa cambió y fue cuando me decidí por Madrid. Pero Madrid ya tampoco es lo que era. Antes había espías, ahora sólo maricones. Yo creo que voy a volver a empezar en Bahrein, aunque me han dicho que Cazorla también está muy bien.

Moraleja: ¡Conguito, deja a Madonna en paz! Es la última vez que te lo digo, la próxima vez de vuelta a Alabama.


Escrito por Jueves 6 agosto 2009

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Los comentarios de la película. “Casablanca, la verdadera historia”

  1. Puertorrico dice:

    Siempre nos quedará Paris (Hilton).

  2. Chico Berkana dice:

    ¿Es ustez el Mendicutti, grande escritor de lo nuestro?

  3. Fuente cercana dice:

    ¡¡Ja, ja, ja, ja, ja…!! ¡Buenísimo, Louella! ¡Tiene usted que prodigarse más! ¡Y veo que sale Conguito, el amiguito de LANG, que hacía unas croquetas cajún buenísimas con el polvo y la mierda resultante de la llimpieza del piano! ¡Me troncho!

  4. muerta en vida dice:

    j-j-j-
    por maria de rumanía! es vd. la mejor!
    mendicutti escribe??
    jaja
    yo es que hoy estoy que que me gasto el sueldo en indasec

  5. Chico Berkana dice:

    No, no me refería al de las novelas que tenemos de el en Berkana. Al articulista veraniego… ¿puede ser?

  6. jp3 dice:

    es una de las mejores pajas mentales que he leido en mucho tiempo. es usted grande louella. yo que también me dedica a destrozar flims creo que usted merecería un oscar… mayer, con toda su salchicha y su carne prefabricada. Ole por usted. me hago flans ya