Lugosi y Karloff, monstruos demasiado humanos

Veo en una tontada de libro que estoy leyendo, De hombres y monstruos, los reyes del terror de la Universal, de José Manuel Serrano Cueto, que Bela Lugosi odiaba a Boris Karloff, al que consideraba poco menos que como un trepa que le había robado su sitio en el altar del terror. Tuvo la desfachatez de asegurar que él había sido el descubridor de Karloff, ya que había rechazado el papel de Frankestein porque su arte estaba por encima del maquillaje (de Jack Pierce, el jefe de maquillaje de la Universal).

Karloff, que toda su vida fue un caballero –a pesar de que la reinona de James Whale lo menospreciase por considerarlo “un camionero†–, jamás criticó a su compañero. Pero es lo que cualquiera puede esperar de un gentleman inglés ya que no era ni Boris ni Karloff sino William Henry Pratt, el hijo más pequeño de un padre especialmente fecundo (ocho hijos legítimos y cuatro más naturales). La verdad es que su interpretación en Frankestein me parece conmovedora y digna de un grandísimo actor. Me encanta la definición que da una compañera de reparto, la actriz Zita Johan, en La momia, refiriéndose a su mirada: “Tenía los ojos como dos espejos rotosâ€. No se puede ser más gráfico.
La mirada de Karloff es la mirada de la desolación, mientras que la de Lugosi es la de la compulsión y la locura; él también ve abismos, pero no interiores como Karloff sino exteriores. A mí, cualquiera de los dos lo que me transmite es ternura más que terror porque sus monstruos son mucho más humanos que muchas de las personas que he conocido a lo largo de mi vida (personas que te saludan por la mañana con una sonrisa y un melifluo: “¡Buenos días!†y que, a la hora del almuerzo, te preguntan con vocecita de teresiana: “¿Quieres que te traiga algo, tesoro?â€; esas personas sí que son monstruos).
Otra cosa que me ha sorprendido sobremanera es que, a menudo, la censura puso el grito en el cielo ante las interpretaciones de Lugosi, ya que le consideraban demasiado sexy. ¡Demasiado sexy! Pues sí, al parecer en la época era considerado casi como un donjuán, un seductor capaz de hacer que el ama de casa de Pomona mojase su butaca sólo con verle inclinarse exquisitamente vestido sobre la cámara. Ese aire exótico, realzado por el acentazo húngaro, el frac, el pelo engominado y lo que consideraban una mirada de pecado, al parecer era irresistible para la americana media.
Y luego, me he acordado de su patético final, de su adicción a la morfina, de sus últimos días falseados por Tim Burton en Ed Wood, que para nada le dio trato de estrella sino que se limitó a aprovecharse y, si me permitís el baratísimo juego de palabras, vampirizar el talento de un hombre roto en mil pedazos… Lugosi sí que fue un espejo roto. Pero, vamos, de parte a parte.
Moraleja: A mí dame un monstruo y quédate con una oficinista. Ahí sí que hay intenciones turbias. Las peores.
Escrito por Martes 14 julio 2009
Mounsruos y leyendas del cine.
Si vosotros lo decís, así será. Lo que me digan será lo que haré. ¿Algun gay o puto?
¡Servidor!
Grandes actores actuales no le llegan al Sr. Lugosi a la altura del… colmillo, aun en su propia decadencia.