Cien clavos, o Cristo se paró en el Po

PUNTUACIÓN: 7
La imagen que abre Cien clavos es tan magnética como cruel: cien clavos enormes atraviesan otros tantos incunables repartidos por toda la biblioteca de la universidad de Bolonia. Es la hermosa imagen de un sacrilegio, un acto terroriosta cometido por un santo que ha perdido la fe en el conocimiento, acumulado pero no aprovechado, de los hombres.
Es, repito, la imagen más bella de una película por lo demás austera como una alpargata. Ermanno Olmi recoge las enseñanzas del Pasolini de El evangelio según San Mateo para relatar el particular martilogio de este nuevo Mesías, guapo y célibe, que redescubre la luz del alma en los placeres sencillos de la gente sencilla de un pueblo a orillas del Po.

Olmi, que ha anunciado su retirada de la ficción con esta película, nada a contracorriente, y consigue unas cuantas dosis de verdad con esta fábula cristiano-marxista que reivindica la pureza espiritual de los habitantes del medio rural frente a la hipocresía de la institución eclesiástica.
Lo que no quita que el mensaje final sea bastante ingenuo. Al menos en mi caso, cuando el nuevo Mesías suelta “todos los libros del mundo no valen un café con un amigo”, tengo que admitir que se me dibujó una sonrisa ruborizada en la cara, con todos los respetos para el señor Olmi.
Escrito por Jueves 18 septiembre 2008
Creo que es una película totalmente descreida y amarga que usa la cotidianidad para reflejar un mundo donde estamos todos desamparados. Reflexiona sobre la iconografía cristiana y la iconografía del propio cine italiano del cual se despide.
Las citas que el autor expresa en boca de este mesias (actor israelí) como la de un café con un amigo vale más que todos los libros del mundo es un acto, a mi parecer, de inteligencia y humildad, de alguien que ya ha vivido la vida y expresa su reflexión sobre ésta, más que una sonrisa y a mi me merece respeto, en un film que en cada plano, mirada y silencio hay algo que está desapareciendo en el cine, que es el encontrar algo de verdad en todas sus imágenes.
Y la considero una película extraordinaria para un cineasta tan cristiano como Olmi (a mi juicio como el último que ha seguido los pasos de Rossellini en todas sus vertientes tanto estéticas como ideológicas) y con él un cine desaparece, y los que estamos desamparados de verdad somos nosotros.
Comparto lo que dices, Fernando, pero me parece que algunas de las conclusiones de Olmi son un poco ingenuas.
Urbanita-triunfador-harto de todo, que se reencuentra en un pueblico perdidico con sus habitantes pintorescos, su gallo, su placica con perro cojo. Y que no falte la zagala que no sabe que está buena ni que lleva el sobaco con la raya en medio. Más visto que el Nodo.
Ya El árbol de los zuecos era bastante como tu dices, Quim. No me gustó tampoco.
Mi impresión sobre su cine mejoró con la reciente El oficio de las armas, pero encuentro su cine más esquemático y autocomplaciente que otra cosa.