Dejad de quererme

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PUNTUACIÓN: 4

Parece una película sobre la crisis de los cuarenta. Aquí tenemos a un publicista cansado de complacer a sus clientes, cansado de su familia feliz, de su mujer y sus dos hijos, y con una amante (porque tiene toda la pinta de serlo) que le pide encarecidamente que lo confiese todo, que diga toda la verdad cuanto antes.

¿Qué hace este señor el día de su 42 cumpleaños? ¿Cómo lo celebra? Pues se dedica sistemáticamente a sabotear su felicidad. Maltrata a su esposa y a sus hijos, insulta a todos sus amigos (les canta cuatro verdades) y se va de casa para ver a su padre, que vive cerca de un remoto pueblo irlandés.

Dejad de quererme juega hábilmente con la fantasía que tiene todo hijo de vecino de romper con todo, de ser sincero cueste lo que cueste, más allá del muro construido por las convenciones sociales. Funciona más o menos bien -aunque la repentina brutalidad del protagonista no es demasiado creíble- mientras el exabrupto monopoliza la atención del espectador.

Pero Jean Becker es un humanista de tocador (como ya lo demostró en la lamentable Conversaciones con mi jardinero). Cuando llega la hora de la verdad, se descuelga con un giro argumental que desmonta la maldad de su personaje, mientras, al final, Serge Reggiani canta “Le temps qui reste”. El drama cruel se transforma en melodrama blando, y salimos del cine más enfadados de lo que entramos.


Escrito por Martes 5 agosto 2008

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