La princesa de Nebraska

PUNTUACIÓN: 4
Una simple elección musical -el celebérrimo tema de Antony and the Johnsons que cierra esta película- puede hacernos entender cuáles son las intenciones de Wayne Wang a la hora de rodar La princesa de Nebraska. El tema, que ha sido utilizado en anuncios publicitarios pero también en La vida secreta de las palabras, pretende aportar una pátina “arty” a unas imágenes que huelen a vídeo de promoción de una marca de telefonía móvil.
Todo en La princesa de Nebraska suena a pretexto posmoderno. Nacida como complemento de Mil años de oración, también basada en un relato de la escritora Yiyun Li, cuenta la deriva de una jovencísima china, emigrada a Estados Unidos para abortar un embarazo no deseado.
La película es, en efecto, la crónica de una deriva. La protagonista vaga por San Francisco enviando mensajes, grabándose a sí misma con la cámara de su móvil, fumando, trabando amistad con una prostituta… escenificando, en fin, las dudas que la corroen.
Wayne Wang la filma desde el distanciamiento emocional, más pendiente de quedar bien como cineasta a la última (“yo-también-puedo-hacer-una-película-digital”) que de examinar la psicología de su protagonista, con la que tenemos que compartir una hora y veinte minutos de nuestra vida sin que su drama logre nunca interesarnos.
Escrito por Jueves 3 julio 2008
Estimado Sergi: ¿No crees que W.W. está sobrevalorado? Sufrí su anterior película hace meses y no me salí de la sala de milagro.
Creo que a este director se le ha pasado su momento hace mucho rato…
Está muy sobrevalorado. Si no fuera por Paul Auster, a Wayne Wang se le habría pasado el arroz hace años. Nadie le habría perdonado, por ejemplo, “Sucedió en Manhattan”, con Jennifer López enamorándose (?) de Ralph Fiennes…
Es verdad, menudo despropósito!!!