¡Viva el mal! ¡Viva el capital!

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Me apasionan los malvados. Adoro la maldad. El lado oscuro. El sabor de lo prohibido. El pecado. Milady de Winter. Madame de Merteuil. Maléfica. Risto Mejide. Ana Rosa Quintana.

La maldad da mejor en cámara que la bondad. Quiero decir: si tuviese que irme a una isla desierta —Dios no lo quiera—, ¿con quién me iría? ¿Con la manzanita impoluta de June Allyson en el papel de novia virginal o con la seductora arpía archimaléfica de Lana Turner y sus aigrettes de pelo NADA natural? La respuesta es obvia.

Los tres mosqueteros es una película contraproducente, como muchas otras del Hollywood clásico, como casi todas las de Disney, por una razón muy concreta: mi corazón, invariablemente, está del lado del mal, de esos fascinantes malvados que convierten a los protagonistas en pálidos reflejos deslavados de sus propios egos. Una megaperraca como Milady de Winter sólo puede ser así después de haber probado no ya una de las manzanas del árbol de la sabiduría, sino tras darse un atracón. Milady de Winter es sabia por necesidad, no por naturaleza.

En la televisión actual se da un fenómeno muy parecido. A mí, que no soy nada, pero nada fan del fenómeno OT, si tuviesen que obligarme, mediante coacción física (o crematística, que es otro medio de coacción no menos eficaz), a ingresar en esa academia de víboras, lo único que me interesaría sería escapar de allí, como Olivia de Havilland en la película de Anatole Litvak, para unirme a las fuerzas del mal. Definitivamente, si la academia fuese un campo de concentración —lo es— yo no salvaría a los concursantes judíos, sino al jurado ario y diabólico. Puede que mi decisión no sea políticamente la más correcta, pero os aseguro que sí que es la más sincera.

Después de ver a Lana Turner en Los tres mosqueteros Una está definitivamente perdida para el Buen Camino. Hay algo en los labios de Lana, en los ojos de Lana, en el pelo de Lana, en el maquillaje de Lana que te seduce y te gana para la causa de la maldad. Después de ver esta película una y mil veces os puedo asegurar que mis simpatías no están con Gene Kelly y esos ridículos mosqueteros, sino con Richelieu y el peluquero de Milady de Winter.

Con OT me pasa más o menos lo mismo: mis simpatías no están con una pandilla de maricas canoras y analfabetas, sino con sus verdugos. Por una vez, creo que TODAS mis simpatías están del lado de las víctimas, que en este caso son esos pobres sicarios: el jurado. Me imagino a Risto con un pelucón a lo Bette Davis (Bette era super fan de las pelucas), diciéndole a una peluquera con sobrepeso: “No te mearía encima ni aunque estuvieses en llamas”. O ese gran clásico: “Te besaría… pero acabo de lavarme el pelo”. Y a la otra, que parece que acaba de ser sodomizada por una escoba, tratando de darle ánimos a una de esas maricas (con novia o con marido): “No llores y levanta la barbilla… las dos”.

Está claro. Alguien que tiene que tragarse eso semana tras semana merece estar donde están ellos, al otro lado del cadalso. ¿Y el público que sigue OT? Pues donde está me parece francamente bien: en primera fila del patíbulo. Es más, ellos deberían ser los siguientes.

Moraleja: ¡Viva el mal! ¡Viva el capital!


Escrito por Viernes 18 abril 2008

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Los comentarios de la película. “¡Viva el mal! ¡Viva el capital!”

  1. Blanca dice:

    Me ha gustado, está bien captada la mentira en la que caen las parejas. El final no me gustó.

  2. Doctora Amor dice:

    Está bien. Buenos diálogos y actores, y situaciones en las que tod@s nos hemos visto alguna vez.

  3. el otro Ben-Hur (Ramón Novarro) dice:

    OT es una de las cosas más espantosas que a hecho el género humano.

  4. Fuencisla de Havilland dice:

    ¿tu tienes un sueño, bonita? yo tengo una escalera que fregar

  5. El Marqués de Portugal Este dice:

    Cuando soy buena, soy buena; cuando soy mala… ¡Vivan las Malas!