Fitzcarraldo, Herzog, Kinski y etc.

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Hubo una época en que hacer cine de autor era toda una aventura. Ser cineasta era, en cierto modo, ser conquistador de una nueva tierra prometida, un paraíso perdido que uno buscaba entre la maleza sin entender que todo estaba en su cabeza; que todo era, en fin, una quimera que probablemente iba a acabar con él. Ahí está Fitzcarraldo para demostrarlo (hoy en TCM a las 22.00).

Lo de Werner Herzog es admirable. Para él cine y vida son exactamente lo mismo. De ahí que para rodar el viaje iniciático de sus personajes tuviera que vivirlo primero. Si contaba, como es el caso, la historia de un loco visionario, millionario del caucho que quiere construir un teatro de la ópera en medio de la selva, había que seguir su rastro real, hacer lo que él había hecho.

Por tanto, si había que transportar un barco de 340 toneladas a través de las montañas amazónicas, se hacía y punto. Si por el camino peligraban vidas o se rompían costillas, formaba parte del proceso. Porque el cine es un acto de heroismo pero también un acto de locura.

Herzog necesitaba cómplices que estuvieran a su altura. Jason Robards y Mick Jagger no dieron la talla. Tuvo que llegar Klaus Kinski, el inmortal Lope de Aguirre de Aguirre, la cólera de Dios, para lanzarse al río sin red y sin bañador. ¿Cuál fue el peaje? Las continuas peleas entre actor y director, documentadas en ese conmovedor y exhibicionista documental titulado Mi enemigo íntimo.

No os perdáis Fitzcarraldo.


Escrito por Jueves 12 abril 2007

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