Pícaros y nada puritanos
PUNTUACIÓN: 8
Para los que no puedan acabarse un libro de 600 páginas.
Hace 2 años (¡2 años!) esta notable comedia de equívocos, cine dentro del cine, metatextos de todo pelaje y calaña, Steve Coogan y Michael Winterbottom, estuvo a punto de ganar el Premio de la Crítica en San Sebastián. Finalmente se lo llevó Tideland (estreno el 22 de junio) y pensamos que A Cock and a Bull Story arrasaría en los premios grandes. Como los jurados de Donostia son como son, Anjelica Huston decidió ignorarla por completo.
Son cosas que pasan, aunque sea bastante difícil encontrarse con una película como ésta. Es decir, que sea una adaptación literaria de una de las novelas más adelantadas a su época, el Tristram Shandy de Laurence Sterne (pura posmodernidad en el siglo XVIII), y que, a la vez, sea tan fluida, libre y salvaje, no deja de ser admirable.

La película es pura picaresca, nunca esconde (como la novela) su incapacidad para no entregarse a las digresiones y a las citas (la música “roba” fragmentos de bandas sonoras de Nino Rota y Peter Greenaway), hace comentarios malévolos (y no tanto) sobre Fassbinder y Bresson, y es mucho más fiel a la novela sin adaptarla que adaptándola.
¿Les parece una paradoja? Pues recordad la estructura enloquecida de 24 Hour Party People y veréis…
Escrito por Miércoles 28 marzo 2007
Es una película deliciosa: divertida, divertida y divertida. Y encima inteligente. ¡No os la perdáis!
Hola, la de Sterne era hasta ahora una de esas obras que se citaban como ejemplo de imposible traslación al cine. Como el Ulysses de James Joyce, por decir una. O como otras que, aunque se hayan adaptado incluso varias veces, han resultado más o menos fallidas o, en el mejor de los casos, no alcanzan la cota de equivalente fílmico del original literario. Tal vez porque pretenderlo sea un error. El Quijote ha dado versiones estimables, aunque ninguna “definitiva”, y a lo mejor eso es bueno, que pueda ser revisitado una y otra vez sin la conciencia agarrotadora de un referente cinematográfico insuperable, como lo sería, por ejemplo, intentar un remake de Citizen Kane (pretensión tan osada como superflua). La obra de Cervantes tiene una magnitud inabarcable en términos absolutos, de ahí su fecundidad, que ha dado lugar también a notables aproximaciones paródicas o a interesantes crónicas sobre la quijotesca tentativa de llevarla al cine, como el estupendo “making off” de Terry Gilliam sobre su propio fracaso. Lo bueno de este Tristam Shandy es su falta de complejos, el desparpajo con el que ha sido abordado, algo muy del talante del mismísimo Sterne, a quien a buen seguro cualquier sacralización de su obra le hubiera parecido absurda. El exceso de reverencia con los clásicos, y sobre todo con los clásicos irreverentes, no sólo no les rinde ningún homenaje (cosa que, por lo demás, sin duda aborrecerían) sino que además comete una injusticia que diseca su inagotable vitalidad, o, lo que es lo mismo, malogra el secreto de su vigencia.
Qué buena es, maldita sea. El momento en el que Tony Wilson entrevista a Steve Coogan es oro puro, pero lo mejor de todo es que es una peli complejísima, pero prefiere ser divertida antes que pedante.