Voces y novocaína, el gran drama del cine español

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Hubo un tiempo en que uno iba al cine a oír diálogos espléndidos pronunciados por voces espléndidas con una no menos espléndida entonación. Bette Davis rugía desde la pantalla frases lapidarias como: “¿Me está usted amenazando, señor Fabian?” o “Damas y caballeros, abróchense los cinturones: esta noche vamos a tener tormenta”, mientras sus fans bebían una a una cada una de las entonaciones, de las cadencias, de las crestas y las pausas de aquella voz (doblada) maravillosa como si fuesen champán del bueno en tiempos de la ley seca.

Hubo un tiempo incluso en que uno iba al cine a oír diálogos espléndidos muy bien escritos, diálogos en los que cada réplica recibía su contrarréplica en un idioma correct(ísim)o, diálogos en los que no había tiempos muertos, frases inútiles, relleno y hojarasca. Literatura, en una palabra.

Ese tiempo pasó. Y pasó, sobre todo, en el cine español. ¿Por qué? Porque en las últimas películas (españolas) que he visto, no me he enterado de nada. Pero de nada. ¿Pero QUÉ les pasa a los actores españoles en la boca? ¿Novocaína? Es que no hay quien entienda una sola línea de diálogo; el espectador las intuye, pero pillarlas, lo que se dice pillarlas… Y esas voces (metálicas), esas entonaciones (ausencia de), ese acento… ¡Qué drama!

Hace casi 20 años, en 1987, Pedro Almodóvar, un director que ha dirigido, entre otros y otras, a Penélope Cruz (un pito), Ángela Molina (la sección de cuerda de una orquesta, pero sin cuerdas), Liberto Rabal (sin comentarios, no está bien hacer leña del árbol caído), decía esto:

“Uno de los principales problemas de las películas españolas es que los actores hablan mal. No me refiero a que digan tacos. Yo sólo he visto dos mujeres que digan bien los tacos en el cine: Lola Gaos y Kiti Manver. En cualquier otra película, con cualquier otro actor, los tacos parece que tengan una aureola.

Pero cuando digo que hablan mal es porque hablan con demasiada entonación, o con un toniquete, o de un modo neutro y plano, o no pronuncian las sílabas, o no saben ortografía oral para poner los puntos y las comas donde deben. No tienen en cuenta la musicalidad. Esto responde a una cosa generalizada en este país, que es que cada vez se habla peor. Ésa es la realidad, pero una película no es la realidad, o en todo caso es una realidad de pensamiento y no debe reflejar ese tipo de deficiencias. Una película no es un documental, y aunque la gente joven hable cada vez más mal, no hay por qué fomentar ese deterioro, que es en definitiva un deterioro cultural. En una película, aunque saques a un quinqui, se le tiene que entender lo que dice, las sílabas tienen que articularse y las oraciones tienen que tener un sentido. Mal que nos pese, todo eso ha de tenerse en cuenta a la hora de hacer un sonido directo”.

Y, después de 20 años, NO HA CAMBIADO NADA. O sea, esa Elena Anaya, esa Paz Vega, ese Eduardo Noriega… ¡Esas voces, por Diosssssss! ¿Por qué nuestros actores no van a un logopeda? ¿Por qué creen que los foniatras son un gremio tan anacrónico como los relojeros especializados en carillones antiguos? ¡¿Por qué?! Y, sobre todo, ¿hasta cuándo?

Moraleja: Si vas a insultar a alguien, vocaliza, bonita, VOCALIZA.


Escrito por Martes 3 octubre 2006

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Los comentarios de la película. “Voces y novocaína, el gran drama del cine español”

  1. El Marqués de Portugal Este dice:

    Hoy mismo dice la ministra de Sanidad que los jóvenes españoles tienen tendencia a la politoxicomanía… La novocaína debe estar entre sus productos preferidos…

  2. Louella dice:

    Creo que debería consultar con su colega y amiga, Carmencita Calvo, otra que debe estar enganchada a algo (el Fairy, seguramente). O a algún producto con mucha Ñ.

  3. Jordi dice:

    ¿El problema no será, digo yo, que los actores que hablan bien trabajan en el doblaje? Si echamos cuentas a lo largo de los años, seguro que un buen actor de doblaje gana más que Bardem y mucho más que cualquier actor medio o de temporada.

  4. Louella dice:

    ¿Más que Bardem? Juan Antonio, supongo, porque si se refiere a Javier, LO DUDO mucho…

  5. nick cravat dice:

    “más mal”… Almodóvar que te piras… tú no sabes escribir (guiones)… si no saben hablar, imaginate cantar… bailar… montar a caballo… esgrima… todas esas cosas que requiere la profesión… y lo siento, pero con el resto de los departamentos de esta santa industria pasa igual. Hay mucho guionista que se cree guionista cuando ni tiene la inquietud ni el conocimiento que tal profesion requiere. Y etecé, etc…

    Sólo el amor os hará libres. El amor por vuestro trabajo.

    Tachán!!!!!!!!!!!

  6. Charlesbraket dice:

    Eso que Almodóvar llama “ortografía oral” en realidad se llama “prosodia”. O sea, las reglas de pronunciación y acentuación del idioma. La prosodia es al habla lo que la ortografía a la escritura. En todo caso, la expresión de Almodóvar resulta muy gráfica y a buen seguro más entendible para la mayoría de nuestros jóvenes (actores y no actores), que cómo van a practicar la prosodia si no saben ni lo que es. Claro que tampoco el burgués gentilhombre de Molière sabía lo que era la prosa y hablaba en prosa sin saberlo, pero incluso aquel iletrado tenía a su favor el hecho de que el lenguaje de su época estaba mucho menos degradado que el de la actual. Hoy en día, se diría que si alguno de nuestros actores de cuarenta años para abajo vocaliza con mediana corrección y puntúa (es decir, pone las pausas donde debe y no donde le parece o cuando se queda sin aire) con cierto acierto es como el burro flautista, que hacía sonar la flauta por casualidad. No quiero ser injusto con todos, pero las escasísimas excepciones no hacen más que confirmar lo general.

    Es verdad que entre muchos actores de la vieja escuela se daba a menudo el fenómeno contrario, no en cuanto a la correcta dicción y respiración, sino al tono recitativo, a una exagerada impostación declamatoria de la que no se perdía palabra pero resultaba marcadamente antinatural, como bien caricaturizó el gran Fernando Fernán Gómez en aquella memorable secuencia de “El viaje a ninguna parte” donde encarnaba a un viejo actor de teatro itinerante de posguerra, uno de aquellos herederos residuales de los “cómicos de la legua” que por primera vez en su vida se veía en el brete de intervenir como extra con frase en un rodaje cinematográfico. El pobre hombre hablaba ante la cámara proyectando la voz como ante un patio de butacas o una plaza de pueblo, y con una entonación que de tan solemne y campanuda resultaba ridícula. Así que es preciso matizar que sin duda la llegada del cine sonoro cambió forzosamente los hábitos orales propios del teatro, y que esto afectó incluso al teatro mismo, dónde también se abrió paso una mayor naturalidad interpretativa. El problema es que con el tiempo, las sucesivas generaciones de actores, en aras de una confusión relativa a la necesaria credibilidad o la verosimilitud, fueron olvidándose incomprensiblemente de una convención escénica fundamental: el actor debe ser entendido siempre. Ha de resultar creíble, sí, pero desde un equilibrio que no sacrifique a ello lo que dice, las palabras que el autor puso en boca de su personaje. No hay que olvidar que un personaje es siempre una estilización, no un trasunto exacto de un ser humano real, no una persona de carne y hueso extraída de la realidad y transplantada a la escena con todos los tics y deficiencias expresivas que pueda tener en la vida. En la vida cada cuál habla cómo sabe y cómo puede, sin obedecer a un guión ni a la obligación de que se le entienda en todo momento y a cualquier distancia, la vida está llena de conversaciones anodinas o irrelevantes, a menudo plagadas de imprecisiones y reiteraciones. Los guiones pueden recrearlas, pero no de un modo exhaustivo, que resultaría insoportable, sino sintético, pues necesitan diálogos que no sean meros reflejos magnetofónicos de la realidad, aunque puedan imitarla más o menos según el designio del autor, sino que hagan avanzar la acción o cumplan una función dramática. El guionista se esfuerza por comprimir sabiamente en cada secuencia situaciones que en la vida podrían durar mucho más. Y hasta cuando quiere transmitir la impresión de un diálogo denso o de uno vacío, repetitivo u obsesivo o entrecortado o viciado, está sujeto a un “timing” y ha de ingeniárselas para hacerlo caber sin que parezca forzado en el minutaje disponible, que en el total de una película, por larga que sea, difícilmente sumará más de tres horas. A veces en tres horas de vida no pasa casi nada y en cambio en una película de tres horas puede hacerse pasar toda una vida o un periodo histórico, o simplemente un día, o incluso tres horas, pero siempre será un tiempo manipulado cinematográficamente, del mismo modo que el espacio y hasta los cuerpos se manipulan con encuadres y movimientos de cámara. El cine nunca nos muestra la totalidad, siempre selecciona, opta en cada momento por mostrarnos tal cosa y no tal otra, nos hace ver lo que quiere que veamos y nos hace oir lo que quiere que oigamos. Pero esto último, de un tiempo a esta parte, muchas veces no lo consigue , y no precisamente por culpa de los técnicos de sonido, sino de los actores. Creo que la generación de los 40 y los 50 del pasado siglo supo encontrar el equilibrio adecuado entre naturalidad e inteligibilidad, y que sus supervivientes han sabido mantenerlo en general. Aquella gente había crecido entre bambalinas pero no tan pronto como otros que no supieron adaptarse al cine. Ellos, sí. Ellos se habían curtido en las tablas pero sin acartonarse, y por eso lo mismo podían interpretar con solvencia y perfecto dominio del verso en los escenarios clásicos del siglo de oro como “El alcalde de Zalamea” u obras contemporáneas como “La muerte de un viajante”. Y luego resultar humanísimamente creíbles en películas como “Bienvenido Mr. Marshall” o “El Verdugo”, o hasta en otras de mucho menor rango como “Manolo, guardia urbano”. El franquismo les obligó a ganarse el pan en muchas películas zafias, muy por debajo de su talento, que sin embargo administraron con profesionalidad entonces y supieron ratificar más tarde, en producciones ya no sometidas a los esquemas de la dictadura (recordemos a Rabal y a Landa o a Juan Diego en Los Santos Inocentes, por ejemplo). Los actores de ahora han tenido más posibilidades de formación, académica. Por eso me pregunto de qué les han servido tanto método, tantas técnicas y tanta expresión corporal. De esta última tal vez destaquen en el “corp”, pero fallan más que una escopeta de feria en el “oral”.

  7. Tarugo dice:

    Igual es que me he vuelto loco o así, pero eso de decir que Bette Davis hablaba (o actuaba “oral” o “prosódicamente”) bien me suena a afirmación propia de paleto monolingüe y con sordera. Y, por favor, entre Paz Vega y Elena Anaya hay todo un mundo, aunque joda reconocerlo: un respeto a Paz Vega y un vale para logopeda y academia de idiomas para esta tal Anaya, que las tetas no lo son todo.

  8. Tarugo dice:

    …que hay vida más allá de las tetas. Que si no lo digo, reviento, y la pena con la Anaya es que apenas nadie la mira nunca a los ojos, joder.

  9. Louella dice:

    Bette Davis actuaba bien hasta dormida (iba a decir hasta borracha, pero es que en este caso sería demasiado literal), en fin, el caso es que me refería a esos doblajes MARAVILLOSOS de los años 40 y 50, a esas voces que se quedaron clavadas a los rostros de los dioses (y que en la vida real, fuera del estudio de doblaje, llevaban seguro calcetines de perlé gris o bragas sinténticas). Me refiero a las voces que te hablan en off en los sueños. Y en mi caso esas voces no tienen tetas, sino otra cosa. O sea (otra frase de ‘Eva al desnudo’): “Una trompeta llena de música y de fuego”.

  10. Louella dice:

    Y Charles, querido, si es usted quien creo que es, comprenderá esta otra cita (de ‘Los caballeros las prefieren rubias’): “Dale un tajo a esa falda”. Charles, dale un tajo. No puedes poner esa columna trajana y quedarte tan pancho. Un puntito y aparte, por Diosssss…

  11. Charlesbraket dice:

    Tiene usted más razón que Baltasar Gracián, Louella. O por lo menos la misma. Y que Voltaire: que el secreto de no ser aburrido es no escribirlo todo. Y que todas las víctimas de mis SMS: que así no se me va a curar nunca el callo del pulgar. A partir de ahora, pierna creciente, falda menguante, o con faldas y a lo poco.

  12. Louella dice:

    Eso, eso. ¡Enseñe pierna! Y cuando lo haga, ya sabe: avise.

  13. david dice:

    se pasan esta onda no tiene nada de lo k uno busca mejor cierren la pagina o si no agreguen cosas nuevas

  14. El ídolo de Cary Grant dice:

    Excelente comentario de Charlesbraket, sumamente ilustrativo. Se nota que sabe de lo que habla, y el hecho de que no puntúe le da un toque James Joyce.

  15. parra dice:

    Yo al que no he conseguido entenderle una frase en mi vida es a Jorge Sanz…
    En cambio,a Veronica Forque da gusto oirla.

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