Lágrimas e intimidad femenina, un clásico queer

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Sí, es cierto. Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Dios es un bromista (eufemismo para no blasfemar y llamarle directamente hijo de puta) y nos concede la gracia sólo para torturarnos después.

Tenéis que disculparme, pero acabo de llegar de ver mi casa. Lo que queda de ella. Escombros, polvo de color terracota, plantas muertas, cajas de cartón… No hay palabras para expresar lo que siento. Frustración se me queda pequeña, como una mortaja que me viniese estrecha. Cabreo, más bien. Cabreo second skin. Cabreo extra large. En fin, a lo que vamos: el cine. El cine y las lágrimas.

Una de las primeras películas con las que lloré a moco tendido fue Damas del teatro. Katharine Hepburn ha tenido siempre la capacidad de emocionarme: un ligero temblor de mandíbula y los ojos se me llenan de lágrimas. Esa película retrata de una manera magistral uno de mis temas favoritos: la amistad entre mujeres, la intimidad femenina. Las chicas hablan de una manera especial cuando no hay un chico delante: en el cuarto de baño, en la consulta del ginecólogo, en los vestuarios del gimnasio…

Durante años, esa intimidad me obsesionó porque me sentí excluido de ella. La intimidad masculina es diferente: los chicos (heteros) no se tocan, no se besan ni se hacen confidencias (fanfarronean, que es otra cosa; pero no se sinceran, eso es muy marica). Las chicas, en cambio, no tienen ningún pudor en ese sentido. Las chicas lloran; los chicos, cuando yo era niño, no.

En fin, todas esas Damas del teatro que luchan por triunfar con uñas y dientes me dejaron turulato. No sólo estaba la Hepburn, esa pensión era una delicatessen envenenada para un jovencísimo paladar protogay: Ginger Rogers, Lucille Ball… Y encima, al final, una pobre chica se suicidaba (yo era un niño muy operístico: los suicidios siempre me hacían llorar, pero también me fascinaban). ¡No podía pedir más! Años después, volví a ver la película y volví a llorar. Cada vez que la veo, termino llorando. Un auténtico, desinhibido, terapéutico torrente de lágrimas.

Y hoy, cuando he visto mi casa hecha una ruina, me he acordado de aquella película, del gesto de la Hepburn, de todas aquellas chicas luchando por conseguir su sueño (como yo, hace ahora más de un año, cuando me compré mi casa), sin darse cuenta de que el germen de todos sus problemas y de muchas de sus futuras lágrimas está ahí: en su sueño. En lograr su sueño. Yo entonces no sabía lo afortunadas que eran.

Moraleja: No hagáis obras en casa. No hagáis obras en casa. ¡NO HAGÁIS OBRAS EN CASA! Hoy es uno de esos días en los que pienso que Esta casa es una ruina no es una comedia. Para nada. ¡Es cinema-verité!


Escrito por Lunes 25 septiembre 2006

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Los comentarios de la película. “Lágrimas e intimidad femenina, un clásico queer”

  1. Dani dice:

    Mi hermana llora SIEMPRE con la de Mr. Chips: empiezan los títulos de crédito y ya está moqueando. ¡Suerte con la casa!

  2. el otro Ben-Hur (Ramón Novarro) dice:

    Su caso es un remake de otro remake, estoy seguro que usted lo llevará con la elegancia no exenta de un toque de locura del señor Grant en la modesta pero divertida “Los Blandings ya tienen casa” y no haciendo el papanatas como nos tiene acostumbrado Tom Hanks (actor que considero de los peores en las dos últimas decadas, y encima feo).
    Sobre Wyller al que aludió mientras estaba de vacaciones tengo sensaciones contradictorias, me gustan muchas de sus películas desgraciadamente se tomaba demasiado en serio, por cierto me encantaria que se refiriera a la gesta del BEN-HUR de 1959 por las curiosas relaciones entre Gore Vidal y este señor tan serio.

  3. Charlesbraket dice:

    Interesante tema el de las “películas-cebolla”… Cada cual tendrá las suyas, claro. Las que me hacían y me hacen llorar a mí no son, aunque me gusten, los melodramas tipo Douglas Sirk ni los romances en general, sino otras de tono más…. digamos “viril”. No son películas de llorar todo el rato, sino al contrario, son vibrantes y vigorosas, no acumulan escenas lacrimógenas en plan desgracia tras desgracia o pena penita pena, sino que tienen un momento culminante en el que la emoción se desborda y el más pintado se quiebra. Para mí, el paradigma es sin duda, “Capitanes intrépidos”. Y en esa línea, trazando un puente en el tiempo hacia algo más reciente, me pasa algo parecido, aunque a algunos pueda chocarles de entrada, con “El imperio del sol”, de Steven Spielberg, tan injustamente denostada. Yo es que la veo, salvando todas las distancias que se quieran, como un equivalente moderno de “Capitanes Intrépidos”, donde Christian Bale vendría a ser el nuevo Freddie Bartholomew y John Malcovitch una fusión de los personajes de Spencer Tracey y Mikey Rooney en cuanto a la fascinación que ejercen sobre el muchacho pero que en vez de la nobleza de aquellos tuviera el encanto canallesco y la villanía del John Silver el Largo que encarnaba Wallace Bery en La Isla del tesoro.

  4. Rosa dice:

    Me gusta eso de las películas cebolla :) Aunque, lo siento, ya que lo mencionas, para llorar lo que hizo Christian Bale en El Maquinista!! Y creo que una de las mejores pelis cebolla es King Kong. Ya puestos a opinar.

  5. Charlesbraket dice:

    Bueno, Rosa, ya dije que en cuanto a películas cebolla cada cual tenía las suyas. En cuanto a tu comentario sobre Chiristian Bale, no ví El Maquinista, aunque sí la última de Batman, donde como mínimo cumplía con los requisitos. En todo caso, el cine se diferencia de la vida, entre otras cosas, en que fija para siempre unos paisajes y unas figuras irrepetibles para bien o para mal según los casos (estados de gracia en unas películas, fiascos en otras…). Así, a menudo nos preguntamos cómo es posible que el director o el actor que hizo aquello pudo haber hecho antes o después aquello otro. La máxima de Baudelaire (“ser sublime sin interrupción”) es un buen programa, pero difícilmente sostenible. Hay quienes alternan en mayor o menor proporción luces y sombras a lo largo de su carrera, hay quienes alcanzan tardíamente su momento de gloria y hay quienes lo hacen al principio, algunos con continuidad más o menos brillante o digna y otros diluyéndose prematuramente, como pasa con la mayoría de los niños prodigio, salvo honrosas excepciones. Shirley Temple tuvo algún último y residual destello adolescente, Macaulay Culkin se jubiló bastante antes de cumplir la mayoría de edad, Ricky Schroeder tampoco está ya en el panorama, Jackie Cooper sobrevivió como discreto secundario, Mickey Rooney y Judy Garland siguieron siendo estrellas, aunque sin el fulgor de su juventud. No hablemos ya de Pablito Calvo y Joselito. De la chiquillería del cine del franquismo apenas resistió algo Marisol, ya como Pepa Flores, antes de hacer mutis por el foro. Volviendo a Hollywood, Leonardo Di Caprio es de los pocos que ha sabido hacerse adulto, aunque todavía no del todo, pues aún está en ello. En general, mejor que a los chicos les ha ido a las chicas: Sissy Spaceck, Jodie Foster, Natalie Portman, Juliette Lewis…) Pero los actores tienen algo que no tenemos el resto de los mortales, tienen todas las edades que han tenido (no, por supuesto, en su vida personal, pero sí en las películas, allí serán siempre como fueron en cada una de ellas y permanecerán asociados a cada uno de los personajes que interpretaron). De algún modo, cada actor es una colección de tipos diversos que coexisten en la historia del cine y resucitan en el presente tal cual fueron cuando vemos uno de sus trabajos. Cierto es que podemos enjuiciar globalmente su carrera, pero cuando se enciende la pantalla para visionar un título concreto, la ficción nos conecta al personaje de turno, al que encarnó en esa película. Yo no puedo, ni creo que tendría sentido, juzgar al Chiristian Bale de “El imperio del sol”, aquel chaval rebosante de energía y magnetismo, por lo que haya hecho después mejor o peor. Como tampoco al genial Freddie Bartholomew porque no hiciera gran cosa más después de sus grandísimos “pequeños lords” o “capitanes intrépidos”. Ambos fueron, cuando menos, muy grandes de chicos. Y lo siguen siendo cada vez que nos asomamos a ese entonces eterno.

  6. Rosa dice:

    Charles, me abruma :) Sí, en Batman me gustó, más por el guión de Nolan y su forma de contar la historia, que por Bale.

    Y estoy totalmente de acuerdo, prefiero juzgar película a película, en vez de condenar o ensalzar en bloque a un actor. Su labor es transformarse… si no lo hace es que no está actuando. O que directamente es mal actor, lo cual es otra cuestión.

    Si me convence una historia será por una mezcla de factores: la actuación, sin duda, pero también la labor del director, el guión, etc. Y hay actores enormes, podría ser el caso de Bardem, que a veces son demasiado “ellos” (a mí mar adentro me encantó pese a Bardem…). Y otros que de pronto sorprenden, como fue el caso de Seymour Hoffman en Capote, aunque este hombre siempre fue bueno, lo que pasa que hacía de secundario.

    Y si un actor tiene una gran actuación y luego nada… pues al menos lo consiguió una vez, que ya es mucho más de lo que logra la mayoría de los mortales.

  7. NESTOR VELASQUEZ dice:

    el(la) que vio el titanic de di caprio,no tiene derecho a ver esa maravilla ,que es CAPITANES INTREPIDOS,sentimiento en lugar de sentimentalismo,a mi criterio la mejor interpretacion de TRACY,por algo gano el oscar en 1937(la mejor decada del cine,a pesar del nefasto codigo hays).

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