Carole Lombard y la Pantoja, algo en común: la leña ardeeeeeeeeeee

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Ágatha Ruiz de la Prada lo tiene muy claro: “Chica, qué quieres. Son modelis. Les pido que sean monas, no intelectuales”. Y se queda tan ancha (de caderas). Con las modelis pasa como con las rubias: llevan su tópico como una cruz (y sin un Cireneo que les ayude a llevarlas, las pobres). Yo creo, sin embargo, que hay modelis monas y listas –me acuerdo de otra súper cita de Terenci Moix: “Todas las top-models son putas y analfabetas”. A lo que una de sus Chulas y famosas replica: “Chica, no todas son analafabetas”–, de la misma manera que hay rubias brillantísimas. Una de ellas es, por ejemplo, mi rubia favorita: Carole Lombard.

Esta maravillosa comedienne, naturalmente dotada para la alta costura y el ingenio de altos vuelos, era una de las mejores amigas de mi adorada Anita Loos. Gracias a las indiscretas memorias de la autora de Los caballeros las prefieren rubias, Adiós a Hollywood con un beso, puedo ofreceros hoy esta simpática anécdota.

Carole y Clark Gable eran uno de los matrimonios mejor avenidos de Hollywood. Ella aportaba inteligencia y él, testosterona. Se llevaban a las mil maravillas: ninguno era un intelectual ni falta que les hacía, que lean otros… En fin, el caso es que Carole llevaba con la mayor naturalidad las frecuentes infidelidades de su marido con cuanta starlette se cruzase en su camino. Es lo que tiene estar casada con un sex-symbol…

Carole era bastante deslenguada –la relamida de George Cuckor le tenía verdadera aversión porque no la consideraba una dama; hace falta ser mamarracha– y no tenía ningún reparo en tomar café con sus amigas putas (como profesión, no como pasatiempo).

Un día, se le ocurrió darle una sorpresa a Clark en la víspera de su cumpleaños y ellas, que de sorpresas y hombres sabían un rato largo… y tendido, le dieron un consejo que todas vosotras (y vosotros también, queridos lectores, que hay que ver cómo está el patio últimamente… ¡Concurridísimo!) debéis seguir al pie de la letra si quieres darle una agradable sorpresa a tu chico: déjate de bobadas, nena, los hombres no quieren libros ni un perfume ni flores ni un detalle; a los tíos lo que les gusta es… Sí, exactamente ESO que estás pensando, nena.

–Pero, chica, eso ya se lo hago yo un día sí y otro, también. Y muy bien, no te creas. A ver si no cómo te crees que se ha casado conmigo.

–Nena, pero seguro que no se lo haces como nosotras.

–Mujer, tengo una boca. No creo que haya tanta diferencia…

Pero vaya si la había. Y se la contaron. Y como yo soy así, de natural indiscreto, os lo cuento a vosotros, queridos lectores. Porque nunca se sabe.

En los años 30, entre las profesionales de Hollywood estaba de moda una especialidad añadida al francés de toda la vida. Hacían gárgaras con un licor de alta graduación, tan alta que les calentaba la garganta. El resultado era… En fin, digamos que era mucho más, como más confortable, más hogareño, con más calor de hogar. Imaginaos las tuberías de la calefacción a la máxima potencia. Pues eso.

Carole, ni corta ni perezosa, esperó a que Clark se quedase frito tras la cena y, en cuanto dieron las doce, fue al cuarto de baño, hizo sus gárgaras con el pastís de garrafón (no todo iban a ser inconvenientes con la Ley Seca) y se puso manos a la obra. Clark, dormido aún, al parecer respondió al tratamiento. Una sensación de lo más agradable le inundó en sueños, una sensación cálida. Muy cálida. Vamos, tan cálida que… despertó. Y se encontró con una falla valenciana en la entrepierna.

Dio tal brinco que tuvo un desgarro y tuvieron que llamar a un matasanos para que le hiciese un remiendo.

Moraleja: Chicas, no sigáis el ejemplo de Carole. Sobre todo con bencina.


Escrito por Jueves 21 septiembre 2006

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Los comentarios de la película. “Carole Lombard y la Pantoja, algo en común: la leña ardeeeeeeeeeee”

  1. fatman dice:

    qué cosas… acaba de cambiar mi visión de clark gable!

  2. bob dice:

    pues anda que la mía del Listerine…

  3. Gerardo Almodóvar dice:

    Carole Lombard, magnífica actriz, armoniosamente bella, elegante, superdotada para la comedia, en su época dorada (con excelente dominio del “tempo”), aunque también brilló en otros registros que interpretó a la perfección. Fué una auténtica reina incandescente del séptimo arte. Su categoría, su técnica de gran profesional, queda patente en los siguientes títulos:

    “El águila y el halcón” (Stuart Walker, 1933).
    “La comedia de la vida” (Howard Hawks, 1934).
    “Candidata a millonaria” (Mitchell Leisen, 1935).
    “Al servicio de las damas” (Gregory La Cava, 1936).
    “Comenzó en el trópico” (Mitchell Leisen, 1937).
    “La reina de Nueva York” (William A. Wellman, 1937).
    “Dos mujeres y un amor” (John Cromwell, 1939).
    “Ser o no ser” (Ernst Lubitsch, 1942).

    Carole Lombard, un mito, una leyenda, una actriz irrepetible.

    Excelente post, Nuria. ¡¡Chapó!!

    Saludos.

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